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Abrazar a los narcotraficantes y a los delincuentes

Las noticias que refieren hechos brutales de violencia en distintos confines del país se suceden con tremenda fruición, ahora tocó el caso de dos sacerdotes jesuitas radicados por largo tiempo en la sierra tarahumara, dedicados con gran empeño a su labor sacerdotal, humanitaria y social en su parroquia de Cerocahui, junto con ellos fue ultimado un guía de turistas.

El hecho ya de suyo condenable se suma a muchos otros ocurridos con la victimización de mujeres, indígenas y de comunidades asoladas por la violencia. La oración se extiende para pedir el cese de la violencia por parte del Episcopado Mexicano, pero es claro que de las autoridades civiles se esperan acciones que pongan en pie el Estado de derecho.

También se anuncia que, en Chilapa, Guerrero, criminales desataron una confrontación con armas de fuego poniendo en riesgo a periodistas y líderes comunitarios, y así se puede continuar citando casos múltiples que dan cuenta de una criminalidad organizada que ha logrado captar, para su causa, espacios políticos de gobierno y de representación popular mediante su poderío económico, fuerza de intimidación y de dominio sobre instituciones públicas y de espacios partidistas.

Ana Lozano escribió de El lado oscuro de los delfines

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